¿Quién no se ha hecho esa pregunta? ¿Cuál es el sentido de la vida? A lo largo de mi vida he escuchado dos respuestas principales: Venimos a amar y ser amados. Venimos a ser felices. Son respuestas que el mundo propone, pero vienen con trampa porque son verdades a medias . Presentan el amor como un sentimiento egoísta y la felicidad como un mero hedonismo. Las verdades a medias del mundo frente a la certeza de la muerte Después de una crisis existencial, descubrí que el verdadero sentido de la vida es salvar el alma . Como dijo nuestro Señor: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si al final pierde su vida y se condena?» No importa si eres la persona más exitosa, poderosa o amada del planeta; de nada sirve si al final te condenas. Biológicamente nos dicen que nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Pero ni eso está garantizado: Con el aborto, nadie te asegura siquiera el derecho a nacer. Nadie te asegura que vayas a crecer y desarrollarte ...
Hace muchos años escuché una frase que se me quedó grabada: «Quien se equivoca de vocación tendrá una vida miserable» . En mi juventud tuve la inquietud de ingresar al seminario. Al final, por una serie de acontecimientos, no ingresé; aunque debo reconocer que el miedo y la soberbia jugaron un papel determinante de mi parte. La inquietud que nunca se apaga y el reto del matrimonio No puedo afirmar con certeza si ser sacerdote era mi verdadera vocación, pero debo admitir que es una idea que jamás se me borró de la mente. A lo largo de mi historia —habiendo tenido un primer matrimonio estrictamente civil y viviendo hoy mi matrimonio eclesiástico— siempre he llegado a pensar que, si algún día llegara a enviudar, me iría directo al seminario. Actualmente me gustaría ser ordenado diácono, aunque dadas mis circunstancias reconozco que es un camino complejo. Muchas veces, durante la Santa Misa, me imagino predicando en el altar, no como laico, sino vistiendo los ornamentos sacerdotales....